 Joaquín Caparrós volverá a pisar este domingo el que fuera su estadio durante las dos últimas campañas. Está por ver el recibimiento que le dará la afición blanquiazul, ya que el entrenador del Athletic no deja a nadie indiferente allá por donde va, conquistando a muchos con su discurso, y desquiciando a otros. El utrerano, por el que según sus propias palabras “corre sangre rojiblanca” (está por ver si sólo sevillista o también del Athletic) llegará a A Coruña con la salvación de su equipo prácticamente en el bolsillo.
Caparrós vivió dos etapas bien diferenciadas como entrenador del Deportivo; Al principio la cosa marchaba bien, a pesar de perder la final de la Intertoto en Marsella, con la decisiva colaboración del colegiado ruso Ivanov. El Dépor contaba con la magia de Valerón, y el derroche de Pedro Munitis, además de Andrade, Capdevila, Scaloni, Duscher, Molina, Víctor, o un Tristán que ya había empezado a echar por tierra su carrera, entre otros. La primera temporada transcurrió con tranquilidad, y renovación contractual de por medio, cuando el equipo se mantenía muy cerca de los puestos que daban acceso a la Uefa, pero finalmente se fue diluyendo, con la desgraciada lesión de Valerón, y acabó octavo, a nueve puntos del último puesto Uefa que se adjudicaba el Celta.  Llegó el verano, y Osasuna llamó a la puerta del entrenador sevillano. Surgieron todo tipo de especulaciones acerca de su futuro, en parte debido a las discrepancias con el consejo de administración, pero finalmente Caparrós se quedó para abordar una profunda renovación del equipo coruñés, fichando a muchos jugadores jóvenes, algunos con mucho talento, y otros, pues no tanto, para qué engañarnos. Al principio fue el propio técnico el que no quiso poner límites a su equipo, pero no tardó mucho en ponerle como techo la salvación. El Deportivo pasó apuros en determinados momentos de la temporada, aunque finalmente se logró el objetivo marcado por el utrerano a falta de varias jornadas para el final de la competición liguera. El palo más duro fue quizá en Copa del Rey contra un Sevilla en estado de gracia, aunque un sector de la afición blanquiazul, no vio lógicos muchos de los cambios introducidos por el entrenador. Además el juego del equipo no convencía prácticamente a nadie, y la situación, cada vez más tensa, acabó con el divorcio entre el Dépor y Caparrós. El compromiso, una de sus palabras preferidas, se lo llevó a Bilbao, dónde su idea del fútbol resultadista, basado en garra y empuje, le está saliendo bien, incluso con esperanzas de optar a puestos europeos. Esperemos que este domingo su receta no tenga recompensa alguna, y el Dépor pueda igualar en puntos a los bilbaínos.
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